THE MAGAZINE · THE ĖDITURE
Nos encontramos a tiempo
Cordelia cuenta cómo conoció a su esposo cuando los dos ya estaban listos, y lo que entendió del amor una vez que se calmaron las mariposas.
Por Cordelia Garza
El día que conocí a mi esposo me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que a nada. Él volvió a preguntar, muy amable, como pensando que seguramente había algo que yo no le estaba contando. Y yo terminé explicándole que nunca había trabajado, que había sido malísima para la escuela y que no tenía la menor intención de trabajar jamás. Una presentación bastante completa. No me faltó honestidad.
Él trabaja desde los catorce años. Imagínense su cara. Por un momento no sabía si yo estaba hablando en serio. Sí estaba. Nos reímos, seguimos platicando y tiempo después me dijo que justamente eso le había gustado: que le dijera la verdad, sin tratar de parecer alguien diferente.
Yo ya había tenido mis noviazgos. Había aprendido cosas de mí y llegado a un momento en el que no tenía ganas de presentarme como una mujer que no era. Me parecía mejor que supiera desde el principio con quién estaba hablando. Si le gustaba, buenísimo. Y si no, al menos no íbamos a descubrirlo después de muchísimo esfuerzo por sostener un personaje.
Creo que nos encontramos en el momento adecuado. Si nos hubiéramos conocido años antes, probablemente habríamos visto otra cosa el uno en el otro. Yo no era la misma. Él tampoco. Habíamos vivido lo suficiente para reconocer algo que quizá antes se nos habría pasado.
Claro que hubo mariposas. Muchísimas. Y esa parte del principio en la que todo de la otra persona te parece encantador. El enamoramiento tiene un talento impresionante para hacerte ver las cosas como quieres verlas. Después se va calmando la emoción y empiezas a conocer a la persona con un poquito más de claridad.
Ahí fue donde yo vi cosas que me importaban de verdad. Sus valores. Cómo trataba a los demás. Su familia. La manera en la que se tomaba el trabajo y lo que quería construir. También vimos nuestros defectos, evidentemente. Yo no me casé con un hombre perfecto y él tampoco tuvo esa suerte conmigo.
Pero nos gustó lo que encontramos. Y con los años hemos descubierto que somos buenos para cosas distintas. Hay cosas que a mí me salen fáciles y a él le cuestan, y otras para las que yo necesito su ayuda. Me gusta que podamos reconocer eso sin convertirlo en una competencia. No necesito hacer todo lo que él hace bien. Bastante tengo con lo mío.
Me he sentido apoyada para crear, para perseguir ideas que al principio ni yo sabía explicar completamente. Mi cabeza está llena de cosas. Proyectos, emociones, posibilidades. Él me ha ayudado a poner orden en todo lo que imaginaba. Yo también he tratado de cuidarlo y de cuidar la vida que compartimos. Nuestra casa y la paz de nuestra familia me importan muchísimo.
Nada de esto quiere decir que todo haya sido fácil. Los embarazos, criar a dos hijas, cambiar de ciudad, empezar un proyecto. Hay etapas que piden mucho de una pareja y en las que también tienes que aprender a hablar, tener paciencia y aceptar que el otro no funciona exactamente como tú.
No quiero contar nuestro matrimonio como si fuera una historia donde por encontrarte con la persona indicada ya no tienes que hacer nada. Hemos tenido que construirlo. Lo que valoro es sentir que hay alguien conmigo mientras pasan las cosas. Alguien que conoce una parte de mí que no tengo que explicar desde cero.
Y después está el pequeño detalle de mi declaración inicial. La mujer que aseguró que jamás iba a trabajar terminó, unos catorce años después de casarse, metida en un proyecto enorme y trabajando como nunca se lo había imaginado. Yo sí le dije la verdad cuando nos conocimos. Nada más que no tenía la información completa de mi futuro.
Todavía me da risa pensar en esa conversación. Y también me da mucho cariño. Él conoció a esa Cordelia y después me ha acompañado mientras yo misma descubría otras partes de mí. Le doy gracias a Dios por habernos cruzado cuando pudimos reconocernos. No sabíamos todo lo que venía. Yo, claramente, sabía bastante poco. Pero qué bonito haber encontrado a alguien con quien irlo descubriendo.
— Corde