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THE MAGAZINE · THE ĖDITURE

Hay días en los que nadie sabe lo que me cuesta levantarme

Sobre los días difíciles que no se ven, y lo que para ella significa sacar la casta.

Por Cordelia Garza

Hay una parte de mi vida que no conocen. Y está bien. He compartido muchísimo durante años. Mis hijas, mis viajes, mis proyectos, lo que cocino, lo que me pongo, mis casas, mis libros, las cosas que me emocionan y también algunas que me han dolido. Pero hay otras que no.

Hay cosas que he vivido puertas adentro que probablemente nunca voy a contar. Momentos en los que emocionalmente me he sentido destruida. Así. Destruida. Y al día siguiente me he parado.

Me he bañado, me he arreglado, he llevado a mis hijas a donde tenía que llevarlas, he contestado mensajes, he trabajado, he hecho una receta, he grabado contenido, he tenido una junta, he sonreído. Y nadie tenía por qué saber que por dentro yo estaba tratando de recoger mis propios pedazos. Creo que muchas mujeres sabemos hacer eso demasiado bien.

Puedes estar viviendo uno de los momentos emocionalmente más difíciles de tu vida y a las ocho de la mañana alguien te pregunta: “¿Qué vamos a comer?” JA. Perdón. ¿No ven que estoy atravesando una crisis existencial? No. Y además tienen hambre.

Cuando eres mamá, esposa, hija, amiga, cuando trabajas y hay personas que dependen de ti, descubres que el mundo tiene esta costumbre bastante grosera de seguir girando aunque tú quieras bajarte tantito. Y entonces haces algo que ni siquiera sabías que eras capaz de hacer. Funcionas.

No porque seas de piedra. No porque no te duela. Y definitivamente no porque seas esa “mujer fuerte” que puede con todo. Funcionas porque hay momentos en los que no queda otra más que sacar la casta.

Yo también he hecho contenido con el corazón roto. Y no lo digo para que alguien piense: “Wow, qué fuerte”. Lo digo porque creo que en redes vemos una fracción minúscula de la vida de los demás y completamos el resto de la historia en nuestra cabeza.

Una mujer sale arreglada y pensamos que está increíble. Sube una foto de un viaje y pensamos que su vida es perfecta. Está trabajando, creando, haciendo ejercicio, saliendo a cenar y pensamos que todo está en orden. No necesariamente. Yo he tenido días preciosos en redes que fueron días dificilísimos en mi vida real.

He estado sentada frente a gente hablando de trabajo mientras por dentro tenía ganas de llorar. He tenido que ser mamá cuando yo necesitaba que alguien me cuidara a mí. He creado cosas mientras dudaba absolutamente de todo. He sonreído en fotografías durante temporadas en las que mi corazón estaba viviendo algo completamente diferente. Y esa sonrisa no era mentira. La sonrisa también era verdad. Nada más que no era toda la verdad. Porque una vida puede tener dolor y belleza al mismo tiempo.

No todo lo que me ha pasado lo voy a contar. Antes quizá sentía que por compartir mi vida tenía que explicar muchas cosas. Hoy no. Hay historias que me pertenecen. Hay historias que involucran a personas que amo. Hay cosas que todavía estoy entendiendo. Y hay dolores que no necesitan convertirse en contenido para haber sido reales. Pero sí puedo hablar de lo que dejaron en mí.

Piensas que porque algo te derrumbó ya no vas a volver a ser tú. Y quizá no. Quizá nunca vuelvas a ser exactamente la misma. Pero eso no necesariamente es una tragedia.

También quiero decir algo que pocas veces decimos cuando contamos estas historias después: hubo días en los que no fui valiente. Porque ya cuando pasó todo es muy fácil decir: “Me caí y me levanté.” Perfecto para una taza. La realidad fue bastante menos elegante.

Hubo días en los que lloré. Días en los que no entendía nada. Días en los que tuve miedo. Días en los que me sentí sola. Días en los que me pregunté cómo iba a hacerle. Y días en los que mi gran acto de valentía fue simplemente levantarme de la cama y hacer lo siguiente que tenía enfrente. Nada heroico. Un pie. Luego el otro. Y después otro día.

Con el tiempo entendí algo que hoy me parece importantísimo: ser fuerte no siempre se siente como ser fuerte. A veces se siente horrible.

A veces ser fuerte es llorar mientras te maquillas. A veces es quedarte cinco minutos en el coche antes de entrar a algún lugar, respirar y decir: “Órale, vamos.” A veces es trabajar sin estar inspirada. A veces es no mandar ese mensaje. A veces es pedir ayuda. A veces es rezar. Y a veces es llegar a las nueve de la noche, quitarte los zapatos y pensar: “No sé cómo, pero saqué el día.”

Yo no soy fuerte todos los días. Ni quiero serlo. Estoy cansada de esa idea de que las mujeres tenemos que poder con todo. No. Hay cosas con las que no puedo. Hay momentos en los que necesito a mis amigas, a mi familia, a Dios, terapia, silencio, caminar, dormir o llorar hasta que se me pase un poco.

Sacar la casta no significa no necesitar a nadie. Para mí significa otra cosa. Significa no abandonarme. Aunque esté triste. Aunque tenga miedo. Aunque alguien me haya decepcionado. Aunque algo que yo creía seguro deje de serlo. Aunque mi vida en ese momento no se parezca absolutamente nada a lo que yo había imaginado. No abandonarme.

Y con los años entendí que muchas de las cosas que más orgullo me dan de mí no son las que la gente puede ver. No son los libros. No son los proyectos. No son los viajes. Ni siquiera son las veces que algo me salió increíble. Son todas esas mañanas que nadie vio. Esos días en los que tenía razones suficientes para apagarme y decidí hacer una cosa más. Y luego otra. Y luego otra. Hasta que un día volteé hacia atrás y me di cuenta de que había avanzado muchísimo. No porque nunca me rompiera. Sino porque aprendí que romperme no significaba terminarme.

Así que si hoy hay una mujer leyendo esto desde su cama, desde un baño donde se metió a llorar cinco minutos, desde su coche antes de entrar a trabajar o sentada junto a alguien que no tiene idea de lo que está sintiendo, quiero decirle algo que yo también he necesitado escuchar:

No tienes que resolver tu vida hoy. No tienes que demostrarle a nadie que eres fuerte. No tienes que estar positiva. Y tampoco tienes que encontrarle ahorita “el aprendizaje” a lo que te está pasando. Haz lo siguiente. Nada más. Báñate. Come algo. Contesta lo urgente. Abraza a tus hijos. Haz tu trabajo si puedes. Pide ayuda si la necesitas, a alguien de confianza o a un profesional. Reza si eso te sostiene. Llora si tienes que llorar. Y mañana vemos.

Porque quizá sacar la casta no sea levantarte como si nada hubiera pasado. Quizá sea levantarte sabiendo perfectamente lo que pasó. Con el corazón todavía adolorido. Con miedo. Con dudas. Con ojeras. Pero levantarte. Yo lo he hecho más veces de las que ustedes saben. Y probablemente tú también.

Eso también es una vida extraordinaria.

— Corde