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THE MAGAZINE · THE ĖDITURE

Del otro lado de la pantalla

Cordelia, desde el otro lado de una comunidad, cuenta lo que se siente recibir comentarios y por qué elige echar porras en vez de destrozar.

Por Cordelia Garza

Me pueden llegar cincuenta comentarios preciosos y uno feo. Adivinen cuál se me queda dando vueltas en la cabeza. El feo, evidentemente. Los otros cincuenta hicieron todo bien y aun así hay uno que se lleva la atención completa. Me gustaría decirles que después de tantos años en redes ya no me pasa. Sí me pasa.

La mayoría de las personas de esta comunidad son increíblemente lindas conmigo. Me escriben cosas que me emocionan, me cuentan sus historias, me hacen sentir acompañada. Pero de vez en cuando aparece un comentario que duele. Y aunque cierre el teléfono, no siempre logro dejarlo ahí.

Creo que la pantalla nos hace olvidar un poquito que del otro lado hay alguien. Una persona que va a leer lo que escribimos y seguir con su día después de leerlo. A veces decimos cosas que quizá, viéndola a los ojos, pensaríamos dos veces. Yo también he tenido que respirar antes de contestar algo. No siempre mi primera reacción merece ser publicada.

Lo que más me mueve es verlo con alguien que apenas está empezando. Una mujer abre un negocio, sube algo que hizo o cuenta una idea que lleva meses pensando. Por fin se anima. Y de pronto aparece alguien a decirle que ya hay mil iguales, que quién va a comprar eso o que mejor ni lo intente.

Me duele porque sé lo que cuesta mostrar algo propio. Antes de que los demás lo vean, tú ya le diste muchísimas vueltas. Dudaste, cambiaste cosas, te preguntaste si estabas haciendo bien. Y después lo subes con una mezcla de emoción y miedo que no se ve en la foto.

Claro que puede faltarle algo. Puede estar aprendiendo. Su primera versión quizá no sea la mejor que va a hacer. Pues ojalá. Qué tristeza que lo primero fuera también lo mejor y de ahí ya no hubiera para dónde ir. Empezar implica hacer cosas que después vas a saber hacer mejor.

Yo he empezado proyectos sin tener todo resuelto. He cambiado de opinión. He tenido que corregir cosas que estaba segurísima de que iban a funcionar. Desde afuera es muy fácil ver lo que falta. Hacerlo, explicar la idea, conseguir ayuda y sostenerla mientras aprende a caminar cuesta bastante más.

No creo que apoyar a alguien signifique decirle que todo está perfecto. Una opinión honesta puede servir muchísimo. A mí me ha servido. Pero se nota cuando alguien quiere ayudarte a mejorar y cuando nada más quiere hacerte sentir mal. Importa lo que dices y también cómo lo dices.

Hay algo que me cuesta reconocer: a veces entre mujeres también somos durísimas. Vemos a otra animándose y en lugar de alegrarnos empezamos a compararnos. Yo trato de estar pendiente de eso en mí. Porque es muy fácil decir que apoyamos a las mujeres y después encontrarle algo malo a cada cosa que hace una de ellas.

Me gusta pensar que puedo celebrar lo que otra está haciendo sin tener que poner mi vida al lado para ver quién va mejor. Si abrió algo, si creó algo, si se atrevió, qué padre. Tiene lo suyo. Yo tengo lo mío. No necesito que a ella le vaya mal para sentirme bien conmigo.

Y tampoco sé todo lo que está viviendo. Eso lo tengo clarísimo por mi propia experiencia. He trabajado, grabado y sonreído en días en los que por dentro estaba pasando algo muy difícil. Lo que sale en una pantalla es una parte chiquita de una vida. A veces muy chiquita. Juzgar todo lo demás desde ahí es bastante aventurado.

Por eso intento elegir mejor qué hago con lo que pienso. Si puedo aportar algo, lo digo con cuidado. Si lo único que me nació fue una crítica para lastimar, puedo quedármela. No hace falta darle salida a cada ocurrencia. El teléfono tiene espacio para muchísimo. Mi filtro también debería tener algo que hacer.

Me acuerdo mucho de las personas que me echaron porras cuando yo estaba empezando. De quien se tomó un minuto para decirme que siguiera, que le gustaba lo que estaba haciendo. No resolvieron todo lo que me daba miedo, pero sí me ayudaron a seguir.

Quiero ser esa persona para alguien más. La que se alegra, la que pregunta, la que reconoce el esfuerzo. No siempre me sale perfecto. Pero sé lo bonito que es recibir un mensaje que te acompaña en lugar de uno que te deja intentando recuperarte. Del otro lado de la pantalla también estoy yo. Y muchas veces he necesitado exactamente eso: que alguien me eche porras.

— Corde