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THE MAGAZINE · THE ĖDITURE

Antonia

Por Roberta Lobeira

Artista plástica

Les quiero contar la historia de Antonia, mi soul dog y, sin duda, uno de los grandes amores de mi vida.

Antonia llegó cuando yo no tenía para nada planeado tener un perro.

Vivía en San Diego con mi ex. Toda mi vida había tenido perros en casa de mis papás, pero nunca había tenido uno que fuera realmente mi responsabilidad. Yo pintaba todo el día, no sabía educar un perro, no sabía qué debía comer, cuánto ejercicio necesitaba, cómo cuidarlo… la verdad, no tenía ni idea.

Y creo que uno no dimensiona lo que significa ser responsable de otro ser vivo hasta que lo tiene enfrente.

Mi exesposo siempre ha sido muy fan de los bulldogs. Un día me habló y me dijo que fuéramos a ver unos cachorritos. Yo ni siquiera iba con la idea de regresar con uno.

Pero llegamos y ahí estaba ella, la más chiquita de sus hermanos. Desde el primer momento se vino conmigo y empezó a mover las pompas —porque cola prácticamente no tiene— como si me conociera de toda la vida.

Nos la llevamos.

Y creo que no pasó ni una semana cuando ya estábamos completamente enamoradas. Ya mi prioridad era ella: los viajes cambian, los planes, etc. Desde tener que sacarlos a pasear ya te cambia la rutina.

Aprender a querer también es aprender a cuidar

Una gran amiga mía tenía un perro educadísimo y me dijo: “Un perro maleducado no lo quiere nadie. Ponte a investigar cómo se educa”.

Empecé a leer y a investigar. Hice crate training únicamente por las noches y Antonia aprendió muy rápido a avisarme cuando quería salir. Al principio es como tener un recién nacido: paciencia. Todos aprenden.

Y ahí empezó algo que ha continuado durante toda su vida: Antonia me obligó a aprender.

El amor también necesita información.

Esterilicé a Antonia cuando tenía seis meses. En ese momento yo todavía no tenía la conciencia que tengo hoy sobre abandono, sobrepoblación y adopción.

Mi razonamiento fue muchísimo más sencillo: ¿qué prefiero, Antonia o más Antonias? Más Antonia.

Y con los años entendí todavía más esa decisión.

Los bulldogs me parecen extraordinarios. Yo estoy perdidamente enamorada de la mía. Pero precisamente porque amo a Antonia puedo reconocer algo que hoy me parece imposible ignorar: hemos llevado algunas características físicas de ciertas razas demasiado lejos. Problemas respiratorios, de piel, ojos, articulaciones, columna, corazón… you name it.

Su reproducción, además, no es natural: la gran mayoría tienen que nacer por cesárea.

Después vino la comida

Cuando Antonia tenía alrededor de tres años vi un documental llamado Pet Fooled. Me impactó muchísimo porque cuestionaba la industria de los alimentos comerciales para mascotas y me hizo empezar a investigar un tema al que, hasta entonces, jamás había prestado demasiada atención. Los animales por naturaleza comen otros animales, es lógico. Según todo lo que he leído e investigado, las croquetas están hechas en buena parte de desperdicios y conservadores, y hay quien lo relaciona con los casos de cáncer que vemos hoy en perros. Para mí son lo opuesto a una buena alimentación, aunque sean caras o te las recomiende un veterinario. En mi experiencia, y he vivido en varias ciudades buscando siempre al mejor veterinario, ninguno sabía realmente de nutrición.

Me clavé.

Documentales, libros, artículos, especialistas… un poco de todo.

Decidí cambiar la alimentación de Antonia y empezar a darle comida preparada en casa. Hoy come distintas proteínas como carne, pescado blanco, pollo, pavo, sardinas y huevo, dentro de una alimentación que he ido adaptando a sus necesidades.

Un perro necesita determinados nutrientes, minerales y proporciones, y eso cambia dependiendo de su peso, edad, actividad, estado de salud y de todo lo demás que compone su dieta. Tienes que balanceársela.

Lo mismo sucede con los suplementos.

Por ejemplo, actualmente preparo cáscara de huevo: la hiervo, la dejo secar y la muelo hasta convertirla en un polvo muy fino que utilizo como fuente de calcio. Pero esto es importantísimo: la cantidad no debería copiarse de otro perro. La necesidad de calcio depende del peso del animal y, sobre todo, de la composición completa de su alimentación. Una dieta casera debe estar correctamente balanceada. Y si no te quieres meter a investigar tanto, hoy ya existen nutriólogos especializados en perros.

También aprendí cuáles alimentos son venenosos para ellos: chocolate, cebolla, uvas o pasas, aguacate, y nada de huesos de pollo.

Y para los premios tampoco hace falta complicarse tanto: puede ser un pedacito de plátano, manzana o camote cocido.

Siempre pienso en un ejemplo muy sencillo: si una persona comiera una bolsa de papas todos los días de su vida, probablemente podría sobrevivir muchos años. Pero sobrevivir y estar verdaderamente nutrido no son la misma cosa.

Con Antonia, personalmente, vi cambios enormes. Sus alergias mejoraron muchísimo y prácticamente me ahorro las idas al veterinario. Voy a sus chequeos, vacunas, etc., pero de verdad es una raza muy exigente: los pobres se la viven en el veterinario, y mi Antonia no.

Hoy tiene doce años y medio.

Y verla bien a esta edad es, para mí, uno de los regalos más grandes.

Pero Antonia terminó enseñándome algo mucho más importante

Yo pensaba que estaba aprendiendo a cuidar a un perro.

En realidad estaba aprendiendo a mirar a los animales de otra manera.

Gracias a ella desarrollé una conciencia que antes no tenía. Empecé a entender que los animales sienten miedo, tranquilidad, dolor, emoción, apego. Que tienen necesidades propias y que no están aquí simplemente para entretenernos o adaptarse a nuestra comodidad.

Nos necesitan.

Nosotros decidimos cuándo comen, cuándo salen, dónde duermen, si reciben atención médica, si conocen el mundo fuera de cuatro paredes y, en gran medida, cuánto cariño reciben durante toda su vida.

Por eso hoy me rompe el corazón ver un perro que vive permanentemente solo en un jardín, viendo desde afuera cómo su familia hace su vida dentro de la casa. He trabajado con distintas rescatistas para ayudar a los más necesitados y hemos salvado miles de perros.

Un perro necesita ser parte. Necesita compañía, estimulación, movimiento, atención y cariño.

Y creo que ahí todavía nos falta muchísima educación.

También tenemos que entender algo antes de llevar un animal a nuestra casa: es un compromiso a largo plazo. Un perro no es “el perro de los niños”.

Los niños pueden aprender responsabilidades maravillosas a través de él, claro, pero el adulto que decide llevarlo a casa es el responsable final de ese animal.

Por eso me parece importantísimo pensar mucho antes de tener uno y también entender la dimensión del abandono que existe en México, que según cifras que se citan seguido ocupa el primer lugar en América Latina en perros en situación de calle.

Hay muchísimos que ya están aquí y que están esperando una oportunidad.

Y también dejar de pensar que poner a parir a una perrita automáticamente significa que estás “emprendiendo”. No estás fabricando un producto. Estás trayendo seres vivos al mundo.

Lo mucho que dan, la manera en que te esperan.

Cómo saben perfectamente cuando estás triste aunque no hayas dicho una palabra.

Me encanta la frase “arreglan cosas que nunca rompieron”.

Cómo conocen tus horarios, tus sonidos, tus estados de ánimo.

Cómo puedes salir cinco minutos y cuando regresas parece que llevabas seis meses desaparecida.

Son una compañía inigualable.

Es un “amor incondicional”.

Su capacidad de estar presentes. Están.

Sin preguntarse qué reciben a cambio.

Simplemente están contigo.

Y quizá lo único verdaderamente cruel de amar así a un perro es que desde el principio existe una especie de trato silencioso que ninguno queremos pensar demasiado:

Sabes que probablemente tú vas a vivir más que él, que algún día eso te va a romper el corazón. Y aun así lo haces: los años que te regalan valen ese dolor.

Yo volvería a elegir a Antonia una y mil veces.

Llegó a mi vida completamente por casualidad, y me cambió la vida.

Me enseñó sobre paciencia, responsabilidad, respeto, empatía y una forma de amor que yo no sabía que existía y que me hubiera perdido.

Yo creía que estaba adoptando una responsabilidad.

Nunca imaginé que estaba conociendo a uno de mis grandes amores.

— Roberta Lobeira

Las opiniones de nuestras colaboradoras invitadas son suyas.