Ir al contenido

The Magazine /  Viajes

La Avenida que  

Siguió Subiendo Hacia el Norte

​

La historia de Nueva York contada siguiendo a sus familias ricas, de Nueva Ámsterdam y los Astor a la Quinta Avenida y el Upper East Side.

Por The Magazine

La historia de Nueva York se puede contar siguiendo a sus familias ricas, que se pasaron más de siglo y medio mudándose hacia el norte. Empezaron en la punta sur de Manhattan, donde estaban el puerto y el dinero, y de ahí fueron subiendo: Washington Square, Union Square, Murray Hill, la Quinta Avenida y, al final, el Upper East Side. Cada generación de fortuna buscaba alejarse un poco de la anterior, y cada vez que lo lograba, la ciudad la alcanzaba y volvía a empezar la marcha.

Al principio ni siquiera se llamaba Nueva York. Era Nueva Ámsterdam, un puesto de comercio holandés fundado en los años 1620 y dedicado casi por completo a las pieles de castor, que en Europa se pagaban carísimas para hacer sombreros. En 1664 llegaron los ingleses, pidieron la rendición y los holandeses entregaron la ciudad sin un solo tiro. Le pusieron Nueva York por el duque de York, y fue inglesa hasta 1783, cuando se fueron las últimas tropas británicas. Lo holandés se quedó en los apellidos, en las calles y en una mentalidad muy comerciante. Wall Street, por ejemplo, era el muro que marcaba el borde norte de aquel pueblo.

De ese mundo salió el apellido que marcaría toda una era. John Jacob Astor llegó de Alemania casi sin nada alrededor de 1784 e hizo una fortuna con las pieles, pero su gran jugada fue entender antes que nadie que la riqueza de Nueva York iba a estar en la tierra. Compraba terrenos al norte cuando todavía eran campo y esperaba a que la ciudad creciera hacia ellos. Cuando murió, en 1848, los historiadores lo describen como el hombre más rico del país. Le decían "el casero de Nueva York".

La segunda mitad del siglo XIX fue todavía más desmedida. Es la época que Mark Twain bautizó como la Gilded Age, la edad dorada: dorada por fuera y bastante más complicada por debajo. Carnegie con el acero, Rockefeller con el petróleo, Vanderbilt con los ferrocarriles y Morgan con la banca estaban inventando industrias enteras, y todavía no existía el impuesto sobre la renta, que llegó hasta 1913. Mientras millones de inmigrantes llegaban al puerto a buscar trabajo, un puñado de familias levantaba palacios inspirados en Europa sobre la Quinta Avenida, que entonces era una calle residencial y no de tiendas.


Dentro de ese mundo mandaba Caroline Astor, a quien todos conocían como "Mrs. Astor". En una época sin redes, ella era el algoritmo: decidía quién pertenecía y quién no. Junto con Ward McAllister armó la lista más famosa de la ciudad, "los Cuatrocientos", que según se cuenta era más o menos la gente que cabía en su salón de baile. Estar en la lista era haber llegado, y no estar era exactamente lo contrario.

Dentro de ese mundo mandaba Caroline Astor, a quien todos conocían como "Mrs. Astor". En una época sin redes, ella era el algoritmo: decidía quién pertenecía y quién no. Junto con Ward McAllister armó la lista más famosa de la ciudad, "los Cuatrocientos", que según se cuenta era más o menos la gente que cabía en su salón de baile. Estar en la lista era haber llegado, y no estar era exactamente lo contrario.

Ese mundo se rompió con una fiesta. Para Mrs. Astor, los Vanderbilt eran demasiado nuevos para entrar, así que en 1883 Alva Vanderbilt se construyó una mansión estilo castillo francés sobre la Quinta y dio un baile de disfraces para más de mil invitados, dejando fuera a la hija de Mrs. Astor. La historia que se cuenta es que, para que su hija pudiera ir, Mrs. Astor tuvo que mandar su tarjeta de visita a casa de los Vanderbilt. Era la vieja aristocracia reconociendo por fin al dinero nuevo, y desde esa noche la alta sociedad dejó de caber en un solo salón.

Y la ciudad volvió a subir. En los años noventa del siglo XIX, Mrs. Astor dejó su casa de la calle 34 y se mudó a una mansión nueva en la Quinta con la 65, frente a Central Park, y con eso convirtió al Upper East Side en el nuevo territorio del poder. Lo que pasó después con esas dos casas dice mucho de Nueva York. En el terreno de la 34 se construyó el primer Waldorf-Astoria y, cuando el hotel pasó de moda, el Empire State Building. Donde estaba la mansión de la 65 hoy está Temple Emanu-El, una de las sinagogas más grandes del mundo, cuya congregación empezó décadas antes en el Lower East Side y fue subiendo hacia el norte igual que todos los demás.

Casi ninguna de las mansiones de la Quinta frente al parque sobrevivió. La mayoría se demolió en los años veinte, cuando llegaron los impuestos y de pronto rendía más un edificio de departamentos que un palacio para una sola familia. Pero el prestigio se quedó pegado al lugar, y por eso el Upper East Side se siente distinto: la historia ahí todavía se ve. Si caminas por la Quinta de la Frick Collection al Met, vas pasando frente a edificios que llevan más de un siglo viendo pasar fortunas y generaciones, en las mismas cuadras que siguen siendo el centro de gravedad de la ciudad.

— The Magazine