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THE MAGAZINE · THE ĖDITURE

Bora Bora resultó ser muchas islas

Cómo armamos diez días en la Polinesia Francesa: la escala que nos acomodó el viaje, dónde nos quedamos y lo que haría distinto.

Por Cordelia Garza

Nuestras hijas se van a estudiar fuera en unos días, mínimo un año. Desde que supimos la fecha, lo único que quería era un viaje largo, los cuatro juntos, sin prisa y sin pendientes, en un lugar donde no hubiera mucho más que hacer que estar juntos.

Bora Bora llevaba años en la lista, pero en esa parte de la lista que uno no piensa cumplir. Se sentía lejísimos, y arrastra esa etiqueta de destino de luna de miel, como si hiciera falta un pretexto para ir. Este año dejó de tener sentido esperar. Nos pusimos a investigar cómo armarlo y resulta que sí se arma.

Primero, la geografía

Esto fue lo que más nos confundió antes de salir. Todo —Tahití, Moorea, Bora Bora, Raiatea, Taha'a, Huahine— es Polinesia Francesa: un mismo país, una misma moneda, y las islas repartidas en un pedazo de océano enorme. Cuando dices que vas a Bora Bora, lo que vas a hacer es moverte entre varias de ellas.

El vuelo internacional llega a Tahití, que es la isla grande. Ahí está Papeete, la capital, y el aeropuerto está en Faa'a, a unos minutos. Por eso en el boleto dice Papeete aunque en tu cabeza diga Bora Bora: es la misma ruta. De Tahití te mueves a Moorea en ferry, media hora. A Bora Bora en avión, unos cincuenta minutos. Y más allá están Raiatea, Taha'a y Huahine, las Islas de Sotavento, con muchísima menos gente.

Nosotros hicimos Tahití, Moorea, un tramo navegando por Sotavento y Bora Bora al final. Diez días que se sienten como cuatro viajes distintos.

La escala que acomoda todo

Nos recomendaron hacer escala en Los Ángeles antes de cruzar el Pacífico y es lo mejor que hicimos. Nos quedamos tres noches. Vivimos en Nueva York, y Nueva York–Los Ángeles y luego Los Ángeles–Tahití de un jalón es un día entero de aviones.

Lo del cambio de horario acabó resolviéndose solo. De Nueva York a Los Ángeles hay tres horas de diferencia, y después de tres noches allá mi cuerpo ya estaba en ese horario. De Los Ángeles a Tahití hay otras tres. O sea que llegamos con tres horas encima, no con seis, y no perdimos ningún día del viaje adaptándonos.

Si sales de Monterrey o de la Ciudad de México la diferencia con Tahití es de cuatro horas, muy manejable. Ahí la escala en Los Ángeles vale la pena por el trayecto más que por el reloj.

Lo que haría distinto

El vuelo aterriza en Tahití a las cuatro de la mañana. Nosotros teníamos una noche ahí para descansar y el ferry a Moorea al día siguiente, y en el papel sonaba lógico. Ya que lo viví, me hubiera ido directo. A esa hora ya estás despierto y ya estás listo, el ferry es corto y el cruce es bonito. Esa noche en Tahití nos costó un día del viaje.

Si tu vuelo llega de madrugada, cruza a Moorea el mismo día.

Moorea, y una casa

En Moorea nos quedamos en Villa 'Oro Paraoa y la recomiendo muchísimo. Está en Maharepa, con la laguna enfrente y las montañas de Moorea atrás, a diez o quince minutos del muelle del ferry y del aeropuerto de la isla.

Son tres recámaras con cama king repartidas en dos villas, así que caben tres parejas con muchísimo espacio, y hay un estudio aparte. Tiene gym, cuarto de cine, cocina interior y cocina exterior, una alberca larga, una terraza interior que acabó siendo donde pasábamos las tardes y otra terraza que da a tu propio pedazo de playa.

El servicio fue impecable. Nos hacían de desayunar todas las mañanas y era riquísimo. A comer y a cenar salíamos. De todo el viaje, esta casa es lo primero que recomendaría a una familia o a un grupo de amigos. Se reserva directo en oroparaoa.com.

El día en la laguna

De todo lo que hicimos en Moorea, el día en la laguna con Captain Taina es el que repetiría igual. Es un día completo en el agua: se nada con tortugas, se llega al lugar de las mantas y los tiburones, se escucha la historia de los tikis y se come en un motu. Son cinco horas y se van volando.

Lleva zapatos de agua, bloqueador que no daña el coral, gorra, agua y un cambio de ropa, porque vas a pasar buena parte del día dentro de la laguna. Y si puedes, pide un buen guía: el que nos tocó a nosotros hizo el día, era simpatiquísimo y con él mis hijas se soltaron desde la primera parada.

Cuando el plan cambia

De ahí seguían tres noches en catamarán navegando hacia Bora Bora. Nos quedamos una y preferimos buscar otra opción. Encontrar hotel de un día para otro en agosto, que es temporada alta, fue todo un tema.

Así llegamos a Vahine Private Island (vahineprivateisland.com), y fue la sorpresa más bonita del viaje. Es un motu privado en la laguna de Taha'a, chiquito, con tres beach bungalows, tres beach suites, tres bungalows sobre el agua y una villa real con dos master suites y cuatro habitaciones más, buena para una familia grande, un retiro o un grupo. En total son unos dieciocho huéspedes en toda la isla.

Y siendo tan pocos, todo se siente distinto. El comedor parece más el de una casa que el de un hotel, y la sala con el bar es pequeña y muy acogedora. Los jardines están espectaculares. Desde la playa se ven Bora Bora, Huahine, Raiatea y Taha'a.

Pero lo mejor de Vahine fue su gente. Nos hicieron lugar cuando no había, y de ahí en adelante estuvieron pendientes de todo, siempre de buenas. La comida, buenísima. Si vas en julio o agosto reserva con mucha anticipación; nosotros tuvimos suerte.

Bora Bora, y el viento

Del Four Seasons no me sorprendió nada, y lo digo como elogio: encontramos exactamente lo que íbamos a buscar, y no tuvimos que ocuparnos de nada. Después de Vahine, que es chiquito y de pocos huéspedes, llegar aquí es otra cosa. Es un resort grande, con muchas actividades y muchos lugares distintos donde estar. Los dos me encantaron y no son intercambiables, y creo que ahí está lo que hay que pensar al armar el viaje.

El bungalow es amplísimo, con vistas hermosas y una cama en la que se descansa como princesa. La terraza da a la montaña y tiene una alberquita que acabé usando todos los días.

Nos tocaron tres días de aire. Desde la terraza te puedes meter directo al mar, pero con el viento había mucha corriente y preferí quedarme en la alberca de la terraza, platicando, con esa vista enfrente. El aire no te impide meterte a la alberca del hotel ni a la playa; lo que pasa es que si eres friolenta, y nosotras lo somos, mojada y con viento te da muchísimo frío. Por eso cancelamos dos tours, incluido el de la laguna.

Y ahí encontramos lo mejor del hotel. Hay dos lagunas internas donde por alguna razón pega mucho menos aire, y además no hay corriente ni olas. Ahí nos la pasamos casi todo el tiempo. Si te toca viento, eso es lo que salva los días.

De los restaurantes de cena, en Arii Moana pedí una pluma ibérica que a lo mejor es el mejor cerdo que he comido en mi vida; nada más ojo, porque es para dos personas y yo no me fijé. Y Vaimiti, el de sushi sobre el agua, que fue el que más nos recomendaron al llegar, cumplió: todo fresquísimo y riquísimo, el lugar precioso, un servicio excelente, y la pasamos muy a gusto. El desayuno, buffet y a la carta, muy bueno, y el gym cumple perfecto.

Los tours cancelados acabaron siendo lo mejor que nos pasó. Descansamos de verdad y conocimos la propiedad con calma, en vez de andar saliendo todos los días. De regreso no teníamos días en Los Ángeles —del avión casi directo al vuelo a Nueva York—, así que llegar descansados de Bora Bora no era un lujo, era necesario.

Salimos buscando tiempo con nuestras hijas antes de que se fueran, y acabó siendo el viento el que nos lo dio. Tres días sin itinerario, los cuatro metidos en la misma laguna, sin nada que hacer.

Nuestras estancias en Villa 'Oro Paraoa, Vahine Private Island y el Four Seasons Bora Bora fueron por invitación. Todo lo que cuento aquí es lo que vivimos y lo que de verdad recomendaría.

— Corde