The Ėditure · Artistas
Jose Herrera
Jose Herrera pinta círculos de luz y color. Su serie Celestial Bodies es eso, básicamente: formas sencillas, abstractas, casi geométricas, con un color que parece encendido desde adentro. Trabaja con acrílico sobre tela y también con fotografía, y aunque lo que hace se ve muy limpio y muy pensado, él lo describe más bien como una exploración, de sus propias habilidades y de lo que va saliendo mientras pinta. Antes buscaba que cada cuadro quedara perfecto, hasta que se dio cuenta de que eso no existe, y como que ahí se soltó.
Llegar a la pintura le tomó una vuelta. Estudió publicidad y diseño gráfico, y aunque de niño tomó clases de pintura, de adulto lo hacía solo por gusto: dibujaba, pintaba, tomaba fotos. Hubo una época en la que estaba haciendo cosas que no le gustaban y que sentía que no lo llevaban a ningún lado, con mucha ansiedad sobre el futuro, hasta que un día decidió apostarle a lo que siempre había estado ahí. Él lo cuenta sin rodeos: se dejó de hacer tonto y aceptó que nació para pintar, diseñar y crear. Empezó a compartir su trabajo, la respuesta fue muy buena, y con eso entendió que sí podía vivir del arte y del diseño.
Lo que lo formó se nota en los cuadros. Sus años de estudiante en Nueva York lo metieron de lleno al mundo del arte y del diseño, y ahí se dio cuenta de que le encantaban todas las artes visuales. Después están los movimientos que rompieron con el realismo, del impresionismo al surrealismo y al expresionismo abstracto, que le dieron la confianza de pintar lo que quisiera y lo llevaron a la abstracción. Y está Mark Rothko, con su manera de usar el color, la escala y esa sencillez que a Jose lo vuelve loco. Algo de eso se siente en Celestial Bodies: poca cosa en el lienzo y mucho color trabajando.
Su proceso tiene una parte muy de oficio que no ha cambiado desde que empezó, que es cómo organiza la pintura y los materiales antes de pintar y cómo limpia todo al terminar. Con el tiempo lo ha ido afinando para perder el menor tiempo posible en lo aburrido. Las ideas llegan por otro lado. Se pone a pensar en las cosas de la vida que le dan curiosidad y busca cómo pasarlas de su cabeza al lienzo, pero dice que la inspiración casi siempre llega de repente, con algo que viste, leíste o viviste y que te hace clic, y de ahí te agarras para toda una serie. Lo que protege siempre es una regla bastante simple: solo hace cosas que él mismo colgaría en su propio espacio.
Jose nunca le ha preguntado a un cliente qué se siente vivir con uno de sus cuadros, pero sí sabe lo que le pasa a él. Tiene obra suya por todo el estudio y de repente se descubre con la mirada jalada hacia los cuadros, como si lo atrajeran. Por ser tan minimalistas y geométricos se acomodan bien en casi cualquier interior. Con luz natural se ven mejor, y de noche lo ideal es dirigirles un spot, porque por la forma en que están pintados esa luz eleva la que el cuadro ya tiene.
Hay un mensaje que se le quedó de sus primeras ventas, de cuando apenas empezaba a tomarse esto en serio. Una clienta le escribió sin que él lo esperara para decirle que amaba su cuadro y que no había nadie que fuera a su casa que no le comentara lo padre que estaba. Jose cuenta que en ese momento se la creyó, que sí era suficientemente bueno como artista y que su obra sí merecía ser vista. Hoy la gente que conecta con su trabajo va desde quien compra su primera pieza hasta interioristas, con coleccionistas de 28 a 60 años.
Su trayectoria va empezando. Ya expuso en Monterrey y participó en BADA, dentro de la semana del arte de la Ciudad de México, y sigue puliendo Celestial Bodies mientras explora lo que viene después. Lo que le quita el sueño es tener la disciplina y la creatividad para seguir haciendo cosas nuevas, un proceso que disfruta muchísimo y que a veces también lo abruma. Y cuando se le pregunta qué quiere que alguien entienda al ver su obra por primera vez, la respuesta es corta y muy suya: que no entienda nada, pero que sí sienta algo.