THE MAGAZINE · THE ĖDITURE
De cara de pizza a skincare junkie
Cómo una canción de rock y una cantidad absurda de granos despertaron mi amor por el skincare.
Por Cordelia Garza
Yo no nací con una piel espectacular. Tenía acné, textura, granitos por todos lados y una relación complicada con el espejo. En los noventa no existían los tutoriales de skincare ni TikTok. Teníamos jabón, alguna cremita recomendada por una tía y mucha fe.
Pero hubo un momento que marcó mi historia. Un día, un niño de mi colegio decidió cantarme Cara de pizza, de Cuca. A mí. Porque, aparentemente, los granos de mi cara eran los pepperonis.
Una adolescente tratando de sobrevivir a la pubertad y ahora convertida en sucursal de pizzería. Gracias, querido compañero. Qué detalle. Hoy me da risa contarlo, pero en aquel momento sí me afectó. Creo que ahí empezó mi obsesión por la piel: me convertí en investigadora privada de mis propios poros.
Empecé a visitar dermatólogos y especialistas. Quería entender por qué me salían granos, qué podía ponerme y qué debía evitar. Lo que comenzó como desesperación se convirtió en curiosidad. Descubrí que no todo lo que promete milagros funciona, que una crema carísima no necesariamente es mejor y que usar veinte productos no significa cuidar bien la piel.
Con los años, mis visitas al dermatólogo, los faciales y el descubrimiento de nuevos ingredientes se volvieron parte de mis rituales favoritos. Puedo entrar a una farmacia en París o Nueva York y perderme durante horas entre cremas y sueros. Hay gente que se emociona en una tienda de zapatos. Yo veo un buen sérum y se me acelera el corazón. Cada quien sus problemas.
También aprendí que la piel cambia. Lo que funcionaba a los veinte no necesariamente funciona ahora. Antes intentaba secar los granos; hoy trato de que no se me seque la cara. Qué maravilla.
Durante mucho tiempo pensé que mi amor por el skincare había nacido de una inseguridad. Probablemente sí. Pero con los años dejó de tratarse de esconder algo que no me gustaba y empezó a tratarse de cuidar algo que es mío: mi piel.
No tengo una piel perfecta ni pretendo tenerla. Me gusta cuidarla, consentirla y descubrir qué funciona para mí, pero ya no quiero pasarme la vida peleándome con mi cara. Cuidarte porque disfrutas hacerlo es muy distinto a cuidarte porque sientes que hay algo malo contigo.
Y si pudiera regresar a aquel día del colegio, le diría a ese niño muchas gracias. Sin saberlo, despertó una curiosidad que me ha acompañado toda la vida. Aunque tampoco era necesario humillarme frente a mis compañeros para que yo descubriera el ácido salicílico. Y pensar que todo empezó con unos pepperonis.
La niña que quería esconder su piel terminó convirtiéndose en una mujer a la que le encanta cuidarla. No con la piel perfecta. Con la mía.
— Corde